A la calle companeros, por Manuel Guerrero

A mediados de los ochenta, cuando era estudiante secundario, nos reuníamos adolescentes provenientes de distintas comunas de la región metropolitana cerca de la fuente de Ricardo Cumming con la Alameda, muy cerca del liceo Aplicación, frente al Juan Bosco.
Los encuentros masivos en las esquinas estaban prohibidos durante los múltiples estados de excepción que se vivieron en dictadura. Llegábamos de a dos o tres, y desde distintos puntos observábamos la fuente, como un objeto de deseo inalcanzable, como un lugar vacío imposible de llenar.
Con el paso de los minutos se agolpaban alrededor cientos de pequeños grupos de a cinco, seis “pingüinos”, y esperábamos con frenesí el rito que daría rienda suelta a nuestra marcha hacia el Ministerio de Educación.
Era la época en que recién se estaba implementando la nefasta municipalización de la educación. El corazón agitado, los ojos inquietos oteando a las fuerzas especiales de Carabineros que también sabían de nuestro rito.
El tiempo se aceleraba y de pronto un valiente entre valientes, nuestro querido Juan Alfaro, se subía al borde de la fuente, articulaba algunas ideas sueltas respecto de porqué valía la pena movilizarse, vencer el temor e ir al encuentro de otros para clamar por libertad para vivir y seguridad para estudiar. Y entonces pronunciaba la contraseña mágica: “¡A la calle compañeros!”.
Cada viernes ese grito libertario volvía a activar nuestra esperanza en que la pluralidad fragmentada por el miedo se constituyera en un nosotros colectivo activo. De ser espectadores inteligentes pero pasivos, el grito del Juan gatillaba en nosotros la posibilidad de recrearnos como protagonistas.
“A la calle compañeros” y ya éramos una mancha de aceite que avanzaba tumultuosa por la avenida principal, convocando, visibilizando nuestro descontento, llamando a sumarse, a vencer el tedio, a hacernos cargo en común del destino colectivo. A no padecer y reclamar aislados, sino a hacernos parte de la protesta y de la solución.
Cuenta Hannah Arendt que en la época de Pericles los griegos distinguían claramente entre lo que llamaban el Oikos y la Polis. En el primero dominaba la economía doméstica, la arbitrariedad de la vida atada a la necesidad, mientras que la polis era el espacio público por excelencia, donde el acto y la palabra movilizaban y visibilizaban la identidad de cada participante, diferentes e iguales a la vez, generando un lazo común, sin que en ello lo singular fuera ahogado.
La acción dice Arendt, como la actividad más propiamente humana, a diferencia de la labor y el trabajo, es la que permite abrir paso a la natalidad, a que advenga lo nuevo, lo inédito, aquello que no es sujeto de cálculo estadístico y que supera a cualquier intento de administración técnica.
Somos personas, y no piedras, ni cosas ni números, y como personas portamos identidad, memoria, proyectos. La propia polis se funda en esta capacidad humana de actuar en conjunto, siendo el poder, contrario sensu a lo que asumen erróneamente quienes ocupan altos cargos, algo que emerge del colectivo, de los lazos cooperativos, de ese nosotros que se constituye más allá del metro cuadrado en que cada uno vive su existencia individual. El poder reside en el actuar en concierto, nadie es su titular, y tiene la capacidad de generar milagros, lo impensado, lo improbable.
Nuestra Violeta lo tenía clarísimo cuando cantaba al arco de las alianzas y a la capacidad creadora y transformadora del amor.
Y cuando desde hace un mes observamos y formamos parte de una serie de eventos en que la sociedad chilena se toma en forma no violenta los espacios públicos, pienso en el Juan Alfaro, en Hannah Arendt y en Violeta.
Hay un poder social en acto, una energía desplegada que bien puede ser vivida como crisis o como amenaza –que es el código que hasta ahora ha asumido la autoridad gubernamental-, no obstante lo que ofrece este tiempo son posibilidades, nuevas posibilidades de ser. Hay un piso político que está emergiendo directamente desde la polis en forma de ciudadanía activa, y no desde las máquinas tecno burocráticas. Este nuevo suelo político nos llama a repensarnos, acaso a refundarnos.
El cuadro está abierto, gracias a que el propio soberano, el pueblo, se está pronunciando de manera contundente, poniendo temas en agenda, exigiendo, presionando, proponiendo.
Desnudos arriba de bicicletas un día, multicolores desde la diversidad sexual otro, con petitorios que pugnan por mejorar las condiciones laborales en el siguiente, clamando por recursos garantizados para la educación pública hoy, visibilizando las causas de los pueblos originarios ayer, y así un largo caminar que ha emprendido la sociedad chilena que llama la atención a las élites que toman decisiones respecto a que se desea iniciar un nuevo ciclo de real convivencia democrática, con mejor distribución de la riqueza, con mayores oportunidades de desarrollo para todos y todas, con espacio de participación para las distintas identidades, con un sueño que se construye y vitorea desde otro espacio de la política: la calle.
Y es que, efectivamente, más temprano que tarde, pareciera que se están abriendo las anchas alamedas, donde hombres, mujeres, niños y niñas, jóvenes, viejos y ancianas, estudiantes, trabajadores, empleados, académicos, chilenos, mapuche, hetero, trans, bi, lesbianas, gay, en bicicleta o a pie, carnívoros y vegetarianos, creyentes, ateos y agnósticos, variopintos, desde los colegios, universidades, sindicatos, lof, barrios y redes virtuales, aquí en Chile, así como en las alamedas del resto del mundo, están surgiendo los Juanitos Alfaro que en forma creativa se arriman a las orillas de las fuentes de la vida social, para que nos despercudamos y sumemos a la posibilidad que una nueva vida nazca. Sumémonos.
Con memoria y alegría, ¡adelante por la vida!
Fuente: Cooperativa
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