Órdenes superiores

Fuente: www.lanacion.cl

En tiempo de elecciones se dice que el tema de incorporar a la amnistía a los violadores de derechos humanos es conversable, tratable. Es decir, negociar la metáfora cobarde de “fueron órdenes superiores”. Nuevamente transar una cosa por otra, el crimen histórico por la tranquilidad social.

Asi un puñado de años, los verdugos estuvieron tranquilos en sus casas, luego recluidos en sus regimientos con vista a la cordillera, abanicándose el ocio con el Informe Rettig.

Incluso con permiso para salir a comprar cigarros por la avenida Larraín, en La Reina. Después veraneando en Punta Peuco, entre cómodas rejas, con más privilegios que el perro de la duquesa.

Así han pasado la condena los coyotes autores y responsables del genocidio. Ni siquiera tan públicos en el reconocimiento de sus rostros, semiprivados, semiencubiertos por bufandas de angora, cuando son trasladados de suite carcelaria.

El Chacal Mayor, hace unos años, daba entrevistas para Canal 7 desde el living de su casa, muy prisco, muy caradura, apelaba a la protección de los derechos humanos para soslayar su proceso.

Hasta hace no mucho, la gente lo confundía con un político con problemas judiciales. Exceptuando a unos pocos, el país finge no reconocer las facciones responsables del crimen de lesa humanidad, casi no identifica al masacrador con cara de abuelo, declarando que fueron “órdenes superiores”.

Que aun así, no se arrepiente de aquellos servicios prestados a la patria. Todo ha pasado así, retumbando la frase: “Fueron órdenes superiores”. Ni arrepentimiento de coroneles ni tropa con vergüenza. En su parquedad marcial, ni siquiera bajan la vista, ni siquiera se duelen, y cierta prensa los trata con pudor cuando declaran hipócritas excusas empujando la marea turbia de la impugnada reconciliación.

Fueron “órdenes superiores”, la frase parece rebotar en la Catedral junto a la Vicaría de otro tiempo. Los tiempos cambian, y la Iglesia de ahora, recomienda, un perdonazo para las pascuas prósperas del bicentenario.

Aconseja un apretón de manos, un proyecto de amnistía que pastoree las conciencias. Como si aquí no hubiera pasado nada, ejerce su influencia como aval de sotanas, bendiciones y ocultamiento de cruces sin nombre.

De pronto, a sólo treinta años, un sector de la bula eclesiástica parpadea hacia la impunidad tratando de hermanar al lobo y la oveja.

Como si no bastara el apoyo fiscal que se le dio al tirano para que no fuera juzgado. Y así se marchó, homenajeado, con su risa macabra, silbando su marcha favorita.

Como si no fueran años, vidas, calles de protesta, duelos y más duelos de los familiares de detenidos desaparecidos, actualmente casi ninguneados por esta agria jalea patria.

Frente a esta propuesta eclesial de hermanar víctimas y victimarios, algunos titubean, otros que vivieron la represión ponen los ojos blancos y repiensan cristianamente su agredida memoria.

La derecha exalta el gesto enarbolando el punto final: Por fin el chacal ya no tendrá susto, por fin el torturador podrá dormir en su cama y verse en las noticias, dignificado por el plasma.

Por fin el victimario podrá ir al supermercado con sus nietos y arrendar una película de sangre.

Al fin, al coyote, la democracia le parece justa, no más interrogatorios ni funas de estudiantes comunistas, ni insultos de esas mujeres con fotos en el pecho a la salida de tribunales.

Por fin el asesino es un ciudadano sin mácula, sin que nadie pueda apuntarlo con el dedo por tener las manos manchadas.

En tiempo de elecciones se dice que el tema de incorporar a la amnistía a los violadores de derechos humanos es conversable, tratable.

Es decir, negociar la metáfora cobarde de “fueron órdenes superiores”. Nuevamente transar una cosa por otra, el crimen histórico por la tranquilidad social.

Aunque los juicios sigan su curso burocrático y aparezcan desde las sombras de la dictadura otros uniformes sometidos a proceso, esta última recomendación de la Iglesia, dirigida en primera instancia a mujeres con hijos, presos de edad avanzada, jóvenes delincuentes primerizos, podría ser un gesto de generosidad frente a casos especiales.

Pero la intuición del borroneo militar, tantas veces ocurrida, parece ser un punto donde las candidaturas negociaran su rating pacifista de unidad nacional.

Mientras tanto, la consigna de justicia en este país se convierte en un karaoke grotesco donde muchos cantarán sin asco la cueca de la impunidad.

LAS NOTICIAS, ENTREVISTAS Y OPINIONES VERTIDAS EN ESTE BLOG, NO REPRESENTAN NECESARIAMENTE LA POSICIÓN DE AMNISTÍA INTERNACIONAL – CHILE.

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