Chile en sida: el Estado fortalece la vulnerabilidad y amplía los riesgos.

Fuent: www.lanacion.cl Por Nicolás Gómez Núñez, sociólogo y encargado del Programa de Prevención de Fasic.

El uso social del paradigma biomédico permite conjurar las incertidumbres, tanto las provenientes de usuarios de los servicios como las de los medios de comunicación, en especial cuando los militantes del paradigma biomédico deben dar respuestas que no sólo expliquen las estrategias de intervención sino que hagan comprensible las inconsistencias de la política de salud ya descentralizada, y de cuya gestión resulta la vida o la muerte.

El paradigma biomédico es la realidad en cada hospital. También llega a los sistemas educacionales, donde se comparten las expresiones de las autoridades. Es importante detenerse en sus dichos y cuestionar cómo las autoridades ocultan, desvirtúan, aseveran e hilvanan estas compresiones. La construcción del sida desde ese paradigma y desde el Estado es peligrosa, porque mantiene vigentes categorías desechadas por falsas: portadores, contagio, epidemia, población beneficiaria y paciente, y porque asume como certeza que una persona con VIH es alguien muerto. Hay también peligro en la ampliación de la vulnerabilidad que el paradigma reproduce cuando presenta las relaciones entre funcionarios con las personas que van al hospital como la única realidad ahí posible. Esto gracias a una cultura que vuelve al hospital inmune a la deliberación democrática, clausurándolo a otras fuentes e inmunizándolo a los procesos de investigación de la justicia que se aplica a los usuarios de sus servicios. Es decir, ampliando los riesgos.

¿Cuáles son las certezas con las que trabaja el paradigma biomédico? A las personas que viven con VIH se las asume como receptáculos de cargas virales. Lo relevante no son los receptáculos, sino las trayectorias de los portadores. Reducidas a esa calidad, las personas son relegadas al olvido. Pueden pasar más de siete años antes de que el responsable del servicio transforme su sensibilidad y concrete una acción; e inmediatamente los militantes del paradigma deben creer en un juicio anticipado. La relación en esta cadena finita es de ida y vuelta, tiene nombres y apellidos y su fuerza radica en las fuentes del poder que les permite presionar para dejar hasta ahí no más las cosas. Eso les asegura estar en el hospital, o en sus alrededores.

Los militantes del paradigma biomédico asumen que familia, amigos y organizaciones no gubernamentales gestadas por o a favor de los que viven con VIH no cuentan con las capacidades para dar respuestas a las consecuencias del sida: no están habilitadas para trabajar en ciencia y en política pública. Los militantes del paradigma limitan o excluyen el uso de los resultados gestados por la masa crítica alojada en las redes a personas naturales y organizaciones sin fines de lucro que se abocan a tratar a las personas con VIH. Nótese que no hablamos del trabajo con el virus, porque es ahí donde el paradigma ha demostrado ser certero, pertinente y válido.

La indicación elemental es el uso de la expresión nosotros, en especial cuando se quiere tomar para sí lo que el Estado no ha hecho. En ese juego de apropiación van quedando las personas y organizaciones que gestaron los contenidos de las campañas de prevención, los estudios sobre una ley del sida, los que idearon las pedagogías del acompañamiento y la educación sexual, la fuerza de la organización para poner en forma la respuesta chilena al sida y la incansable reflexión para conformar un saber con un nuevo trato hacia la sexualidad y los y las que viven con VIH, incluido el acervo de categorías que nos permiten definir con claridad qué es riesgo y qué es vulnerabilidad. De ahí podemos asumir que el sida no es una epidemia, sino una pandemia; que se transmite y no se contagia; no mata, sino que es una enfermedad crónica.

El argumento del paradigma cuando se enfrenta la muerte de lo que llama un portador funciona como un cierre de filas. El argumento versa sobre la imposibilidad que tienen los que no son militantes del paradigma para tener respuestas sobre la muerte: ¿Qué ha sucedido? ¿Cuántos errores hay? ¿Quién es o son los responsables? ¿Quién ha cometido el delito, no por desconocimiento, sino por saber lo que sucede y no tomar medidas? ¿En qué se gastó el dinero asignado a estas funciones o qué funciones hicieron para dejar de hacer lo que debían hacer? ¿Quién ordenó dejar para otro día lo que se debía hacer ayer? ¿Qué vínculos mantienen los servicios con entidades especializadas en acompañamiento de personas con VIH? ¿Por qué los hospitales están administrados desde el paradigma biomédico y no el técnico-científico, el burocrático, el socio médico o el sicosocial?

Teniendo respuestas pero sin hacerlas públicas, los militantes del paradigma quieren convencer que el problema está bajo control. Diluyen la responsabilidad al dejar los factores del riesgo ante el sida en ese anónimo que es la sociedad, cuyas especificidades son todos somos responsables, la persona debió asistir a buscar sus resultados, la ley dice, es mejor que dejemos trabajar a los que saben y se conformará una comisión que asesore. ¿Qué podemos hacer si nuestra sociedad ya lleva 30 años pensando en cómo resolver los problemas de la prevención y los que debieron ser más conscientes han caído en un letargo? Hay dos soluciones: abrir los servicios para establecer un trabajo entre los militantes del paradigma biomédico y los expertos de las organizaciones conformadas por o a favor de las personas que viven con VIH. Estas organizaciones no sólo deberían fiscalizar los procedimientos, sino trabajar en los servicios extramédicos o extraquirúrgicos. La segunda sería usar los recursos asignados para la ciencia (Conicyt, Fondecyt) y los destinados para su uso (FDNR y Corfo) con el objetivo de sostener una comunidad de aprendizaje que tome los problemas sociotécnicos de los servicios de salud y cree o adapte procedimientos.

Su primera tarea sería diseñar e implementar la plataforma digital para sacar del papel y la fotocopia los antecedentes de las fichas de las personas que viven con VIH/sida e idear según el contexto geográfico, social y económico, el acompañamiento y la educación sexual que se requiere para familias y vecindades. Este punto será aprobado por quienes se han opuesto siempre a la educación sexual en los sistemas educacionales públicos y más allá. Lo supongo en la medida en que la UDI se ha mostrado consternada al saber que varias actividades clave no se estaban haciendo en el Hospital de Iquique y se declara preocupada por el descontrol de la pandemia del sida.

El Hospital de Iquique informó que la educación sexual y sus particularidades como las informaciones técnicas de la prevención de las enfermedades de transmisión sexual no son sólo para niños, adolescentes y jóvenes, sino para la comunidad y autoridades, en especial para las que manejan la vida y la muerte. Porque, como tristemente hemos comprobado, el sida no se detiene con más condón, sino que con la reducción de la disociación conductual, la misma que estuvo presente en ese grupo de personas del paradigma biomédico que dejó en el olvido a Dearnny y Juan.

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El cierre de Guantánamo marca el fin de un ciclo de abusos.

Fuente: www.lanacion.cl Por Raúl Sohr.

Hoy, cuando muchos de los detenidos son hombres quebrados, que nunca podrán rehacer su vida pese a que jamás se les probó un crimen, Obama propone terminar con un episodio que disminuyó la estatura ética de EEUU.

Una de las primeras promesas electorales que cumplirá Barack Obama, al asumir la Presidencia, será el cierre de Guantánamo. También se pondrá fin a las cárceles secretas de la CIA. Junto con ello se eliminará la licencia para el empleo de la tortura en ambas instancias. El ahogamiento, mediante la técnica de asfixia conocida como water boarding, desaparecerá de los instructivos de interrogatorios. Será entonces el fin de estas y muchas otras transgresiones cometidas a lo largo de los ocho años del Gobierno del Presidente George W. Bush.

De todas las violaciones los campos de detención de prisioneros, codificados como Rayos X, Delta y Eco, en la Bahía de Guantánamo, simbolizaron los abusos sistemáticos de los derechos humanos de parte de Washington. El enclave fue establecido en 1898 y allí se construyó una estación naval como resultado de la victoria estadounidense sobre los españoles por el control de la isla en ese mismo año. En 1903, Washington obtuvo una concesión perpetua que le otorgaba el completo control operativo y la jurisdicción en tanto que Cuba mantenía su soberanía. Esta condición jurídica tan singular, junto con las dificultades de acceso, han hecho de la base naval de Guantánamo el lugar óptimo para aislar, del mundo y de la justicia, a más de 700 individuos capturados en Afganistán a partir de 2001. Capturados en las más diversas circunstancias, recibieron una calificación inexistente en el derecho internacional: “Combatientes extranjeros ilegales”.

A estas personas se les negó la condición de prisioneros de guerra y, en consecuencia, no fueron sometidos a juicio y permanecieron en un limbo legal sin que se sepa cuál será su destino. Varios de los detenidos denunciaron haber sido sometidos a torturas y tratos vejatorios. En las palabras de Amnistía Internacional: “Guantánamo simboliza el desprecio de EEUU hacia el derecho internacional en su ‘guerra contra el terror’. Es la punta visible del iceberg de detenciones indefinidas y secretas, entregas extraordinarias y recurso a la tortura y otros tratos crueles, inhumanos o degradantes”. En junio de 2006 tres prisioneros se ahorcaron en sus celdas. La explicación del contraalmirante Harry Harris, comandante de la Fuerza Conjunta a cargo de la base-penal, fue insólita: “No creo que fue un acto de desesperación, más bien fue un acto de guerra asimétrica ejecutado en contra nuestro”.

Durante su campaña electoral, Obama describió Guantánamo y las prisiones secretas de la CIA como “un capítulo triste de la historia americana”. Marc Falkoff, uno de los abogados de los detenidos, afirma que apenas una docena de los reclusos son terroristas confesos. En su opinión la mayoría “son pastores o árabes que fueron como voluntarios para apoyar a los talibanes pero no son terroristas duros. El problema real es conseguir que sus países de origen los acepten de vuelta”. En varios casos, según Falcoff, los prisioneros son contrarios al Gobierno de su país natal y por tanto vistos como una amenaza doméstica. Grupos de derechos humanos proponen que aquellos prisioneros contra los que nada se ha probado, pero que son rechazados en sus países, reciban residencia en EEUU o en países europeos. El problema no existiría si los capturados hubiesen permanecido y sido juzgados en Afganistán. Hoy, siete años más tarde, cuando muchos de los detenidos son hombres quebrados, que nunca podrán rehacer una vida normal pese a que jamás se les probó crimen alguno, Obama propone terminar con un episodio oprobioso que disminuyó la estatura ética de EEUU.

Pese a ello hay estadounidenses que miran con optimismo el futuro. Esta semana estuvo en Santiago una delegación de parlamentarios y uno de ellos me señaló: “Yo pensé que nos tomaría años restaurar la imagen de EEUU. Pero ahora que veo el entusiasmo que ha despertado la elección de Obama, quizás el proceso será más rápido”.

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