¿Quién mató al sacerdote Miguel Woodward?

Fuente: www.lanacion.cl Por Claudio Vásquez Lazo, ex embajador y dirigente del PPD. 

Aquel Miguel que conocimos fue quien caminaba a las poblaciones marginales de Valparaíso y Viña, el que nos apuraba para llegar a tiempo a las clases que impartíamos en la Universidad Popular, que el Cescla fundó para los trabajadores.

La declaración de trece diputados de la UDI que acusaron una persecución judicial en contra de los marinos sindicados como responsables de la muerte del sacerdote Miguel Woodward muestra, una vez más, la cara oscura del pensamiento autoritario que se anida en el alma de la derecha política chilena.

Como bien afirma el presidente de la Cámara de Diputados, Juan Bustos, éste “es un grave déficit de la Alianza y repercute en todas sus aspiraciones de gobernar este país”. El parlamentario ha puesto hincapié en que es necesario tener claro que los derechos humanos son fundamentales para una democracia, y que un país que cree tener una democracia pero carece en su base ética de un respeto irrestricto de los derechos humanos, no merece y no puede ser democracia. El filósofo italiano Giorgio Agamben nos habla de la nuda vida cuando se refiere a la falta de derechos que tienen los ciudadanos cuando impera un estado de excepción, cuestión que es aplicable a los 17 años de dictadura militar en Chile, a partir del 11 de septiembre de 1973. En palabras de este filósofo, existe un totalitarismo moderno que es la instauración, por medio del estado de excepción, de una guerra civil legal, que permite la eliminación física no sólo de los adversarios políticos, sino de categorías enteras de ciudadanos que debido a cualquier razón no sean integrables en el sistema político.

El sacerdote Miguel Woodward nacido inglés -pero chileno de corazón- amigo y maestro, fue asesinado con brutalidad en los días posteriores al golpe militar. Según consta en las investigaciones del proceso judicial, Miguel murió en el Buque Escuela Esmeralda, y desde esa época sus familiares y amigos buscan la verdad y el castigo para quienes cometieron el crimen contra un buen hombre, sacerdote y compañero.

¿Quién era el sacerdote Miguel Woodward y a quién hacía daño para recibir ese castigo?

A finales de la década de los años ’60 un grupo de jóvenes de la Universidad Católica de Valparaíso, que eran dirigidos por el ahora diputado Rodrigo González, conformábamos el equipo del Cescla (Centro de Estudios y Capacitación Laboral). Entre ellos se encontraban Miguel Woodward, Gonzalo Ojeda, el también sacerdote y cineasta Darío Marcotti, quien murió en el exilio, y el vicepresidente de la CUT de la época, René Plaza. Miguel era ante todo sacerdote, luego hermano, amigo, compañero y finalmente político. Estaba comprometido con las luchas por más dignidad y derechos para millones de compatriotas que vivían una vida miserable en una sociedad oligárquica que se resistía a aceptar las reformas iniciadas por el Gobierno del Presidente Eduardo Frei Montalva y profundizadas por el Presidente Salvador Allende.

Aquel Miguel que conocimos fue quien caminaba a diario a las poblaciones marginales de Valparaíso y Viña del Mar, el que nos apuraba para llegar a tiempo a las clases que impartíamos en la Universidad Popular, que el Cescla fundó para los trabajadores de Cemento Melón en La Calera. En el caso de sus ayudantes -yo lo era-, nos instaba a estudiar y ser buenos dirigentes. “Si quieren ser dirigentes políticos en la universidad tienen que sobresalir en los estudios y predicar con el ejemplo”, decía. A Miguel lo mató la misma gente que hoy se hace la desentendida. Los trece diputados UDI y el senador Jorge Arancibia representan simbólicamente a los que no creen en la democracia de las mayorías y el voto libre de la gente. Son los que votaron contra la píldora del día después, los que sueñan con el desalojo y así recomponer en parte la sociedad de privilegios. Son los mismos que no creen y no quieren una sociedad de igualdad desde la cuna. A Miguel lo mató la xenofobia de mentes afiebradas que inventaron una guerra civil para exterminar físicamente a los enemigos de la “democracia y el libre mercado”.

En definitiva, el sacerdote Miguel Woodward no era “un patriota anticomunista” como deseaban, sino que un gringo traidor que había optado por la ayuda a los pobres que predicó el Papa Juan XXIII.

 

 

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